En la actualidad sabemos que el cerebro regula innumerables funciones en los seres humanos, pero hace muchísimos años no estábamos tan seguros de esto; por ejemplo, los griegos y los egipcios tenían una idea del cerebro bastante distinta de la que tenemos ahora. Aristóteles pensaba que el corazón era el centro de las emociones, y por muchísimos años se pensó que el cerebro servía solamente para enfriar la sangre “sobrecalentada por el corazón”.
Lean los 6 casos más abajo y respondan las preguntas.
¿Qué síntomas presenta el paciente en cada caso? ¿Se trata de una pérdida o disminución de la función o de un aumento de la función?
Caso 1 - ¿Qué es la isquemia? Busquen en internet.
Caso 1 - ¿Qué es un ACV?
Caso 2 - ¿Por qué creen que es importante hacer experimentos en perros? ¿Cuáles podrían ser los problemas de hacer experimentos en animales no humanos?
Caso 2 - ¿Qué es la epilepsia? Busquen en internet.
Caso 3 - ¿Por qué un tumor en el cerebro puede afectar el cerebro?
Caso 4 - ¿Qué es un electrodo de estimulación cerebral? Busquen en internet.
Caso 5 - ¿Qué es una afasia? Busquen en internet, las hay de distintos tipos. ¿Qué tipo de afasia tenía el paciente del caso?
Caso 6 - Si un daño en el lóbulo frontal puede cambiar la personalidad, ¿se habrá usado esto como tratamiento para alguna enfermedad mental? Busquen en internet la historia de las lobotomías frontales.
¿Qué parte del cerebro está afectada en cada caso? Dibuja el cerebro de la imagen dependiendo del hemisferio afectado y marquen con color la zona afectada.
Gastón es un empleado de comercio que se levanta una mañana sintiéndose un poco extraño. Rápidamente se da cuenta de que no puede mover el brazo ni la pierna derechos (parálisis). Asustado, llama a un servicio de emergencias médicas y lo hospitalizan ese mismo día. Al examinarlo más minuciosamente, los médicos notan que Gastón tiene conservada la sensibilidad en básicamente todo el cuerpo y habla con normalidad, pero tiene un gesto asimétrico en la cara debido a una parálisis de la parte derecha de los músculos faciales. Gastón es un hombre de 65 años con una diabetes de tipo 2, que hace mucho tiempo que no hace ejercicio y, además, fuma. Los médicos deciden hacerle una tomografía de cerebro. La tomografía es una técnica de rayos X que, a diferencia de las radiografías normales, brinda imágenes de secciones sucesivas o cortes de un órgano y permite formar una imagen tridimensional (esto no es posible con las radiografías tradicionales). Descubren la siguiente imagen:
Observamos que hay una parte más oscura en la zona izquierda del cerebro, que involucra varias áreas, pero, sobre todo, el lóbulo frontal izquierdo. Los especialistas ya saben que este tipo de “zona oscura” corresponde a un daño y a muerte neuronal en ese lugar. Determinan, entonces, que se trata de una isquemia cerebral, es decir, un tipo de ACV.
Eduard Hitzig, un psiquiatra alemán, probó aplicar corrientes eléctricas en el cerebro de sus pacientes (que, en su mayoría, eran heridos de guerra). Descubrió que si aplicaba corriente a la parte posterior del cerebro (el lóbulo occipital), los pacientes movían los ojos para todos lados. Intrigado por este resultado, Hitzig invitó a Gustav Fritsch, un anatomista, a continuar con estos experimentos en perros.
Decidieron estimular con pequeñas descargas eléctricas la corteza cerebral de los perros. Los experimentos que hicieron, curiosamente, no se llevaron a cabo en un laboratorio, sino sobre una mesa que Hitzig t e nía en s u casa d e Berlín.
Prepararon finas agujas huecas de cristal, que llenaban de un líquido conductor y a las que les colocaban dentro un cable. Los perros estaban sin anestesiar y les abrían una ventana en el cráneo para ver con exactitud la zona donde colocaban la aguja.
Notaron que si aplicaban la corriente en la zona de adelante y a la izquierda del cerebro, el perro tenía movimientos musculares del lado derecho del cuerpo.
Luego, un médico escocés llamado David Ferrier demostró que si la estimulación era de alta intensidad se producían movimientos repetitivos del cuello, la cara, las piernas o los brazos que se parecían mucho a las convulsiones que se observan en un ataque epiléptico.
Estos experimentos permitieron concluir que una parte del cerebro es motora, otra parte no es motora. La parte motora, por lo general, está más adelante y la no motora, atrás. Al estimular la parte motora se producen contracciones musculares del lado opuesto del cuerpo. En estas condiciones (corrientes débiles), los científicos notaron que la estimulación de partes pequeñas y bien delimitadas del cerebro causa la contracción de conjuntos muy bien definidos de músculos. Llamaron a estas partes del cerebro “centros motores”.
Posteriormente, estos resultados fueron obtenidos también en humanos, y a partir de entonces quedó claro que la corteza cerebral de los mamíferos tiene un área, llamada corteza motora primaria, que al ser estimulada inicia movimientos en regiones contralaterales del cuerpo.
Mariela, una mujer de 57 años, se despierta un día y se sienta en el costado de la cama para ponerse los zapatos. Cuando va al comedor, su hijo se da cuenta de que tiene puesta solo una zapatilla. Como la nota algo rara, el hijo decide llevarla al médico. La mujer no se había dado cuenta de que tenía un pie descalzo y, de hecho, relata que días atrás se le cayó en ese pie agua hirviendo y no lo percibió.
Al revisarla, los médicos se percataron de que no sentía nada en la pierna izquierda: ni pellizcos, ni calor, ni frío ni pinchazos dolorosos. Los sorprendió mucho que la mujer no se hubiera dado cuenta de este trastorno en su sensibilidad; de hecho, no le prestaba atención a esa pierna, “como si fuera de otra persona” (por eso no se había puesto el zapato izquierdo). La fuerza en todo el cuerpo estaba intacta, no tenía ninguna debilidad de las piernas ni de los brazos y caminaba perfectamente.
Los médicos decidieron hacer una resonancia magnética nuclear (RMN) para ver el cerebro de Mariela. La RMN es una técnica que permite obtener imágenes muy claras y nítidas de los tejidos del cuerpo en secciones sucesivas, con lo que, luego, puede formarse una imagen tridimensional.
En la resonancia se observaba una zona en la que ha crecido un tejido cerebral anormal que invade el tejido cerebral normal de la región parietal derecha.
Seguramente alguna vez tuvieron dolor de cabeza o, al menos, conocieron a alguien a quien le doliera la cabeza. El dolor de cabeza puede ser de distintos tipos. Resulta que es un evento muy común en las personas, y a muchos científicos a lo largo de la historia les interesó estudiar cómo y dónde se produce este dolor.
Una de las tantas maneras de investigar nuestro cerebro es haciendo un estudio llamado tomografía por emisión de positrones (PET, por sus siglas en inglés). Este estudio tiene la particularidad de mostrar qué zonas del cerebro están trabajando más o con mayor estimulación (“zonas prendidas”) y cuáles están con menor estimulación (“zonas apagadas”). Así, si estamos haciendo una PET en una persona y le pedimos que piense en palabras, se “prenderán” en el estudio las partes del cerebro relacionadas con el lenguaje.
Si hacemos un estudio PET en las personas con distintos tipos de dolor de cabeza, en el momento del dolor, veremos “prendidas” las zonas del cerebro con más actividad cerebral.
Es interesante que, según el tipo de dolor, esas zonas sean distintas. Por ejemplo, en las personas con migraña (un tipo específico de dolor de cabeza), los estudios PET muestran áreas específicas prendidas en la zona del mesencéfalo y el tronco encefálico.
Para tratar de saber si estas áreas que se prendían realmente eran las causantes del dolor, los científicos las inactivaron colocándoles un electrodo en esos puntos).
Luego de hacer esto, observaron que las personas se aliviaban del dolor de cabeza, por lo que se confirmó que todos estos puntos esparcidos en distintas zonas del cerebro eran los responsables de causar estos dolores.
Resonancia magnética nuclear que muestra el cerebro humano. Puntos rojos: zonas del tronco cerebral que se observan hiperactivas o “prendidas” en los episodios de dolor de personas migrañosas.
Un señor de 55 años comenzó un día, de a poco, a tener problemas con el lenguaje. No podía emitir palabras con normalidad, pero se movía perfectamente y podía comprender lo que se le decía o hacerse entender por otra vía.
Ingresó en un hospital, donde pasó varios años. Los médicos observaron que este paciente comenzó a perder la movilidad en el brazo y la pierna derechos (además del trastorno del lenguaje). En ese momento no existían los estudios de rayos X accesibles que hay en la actualidad, y, como fue un caso muy extraño para la época (1861), decidieron que le realizarían una autopsia, es decir, analizarían su cerebro luego de que el hombre muriera. Fue el médico francés Paul Pierre Broca quien llevó a cabo la autopsia y descubrió que en el cerebro del paciente había un área que se encontraba afectada por un tumor: era la región frontal izquierda. Broca, durante varios de los años que siguieron, se dedicó a estudiar los cerebros de las personas que tenían distintos trastornos del habla, y fue así como observó que todos estos cerebros tenían algún tipo de lesión en la corteza frontal inferior del hemisferio izquierdo, que desde entonces recibe su nombre: área del lenguaje de Broca.
En el año 1848, un obrero de 25 años de edad llamado Phineas Gage estaba dirigiendo las excavaciones en una mina para construir las vías de ferrocarril de Vermont, Estados Unidos. Hubo una falla en las detonaciones y se produjo una gran explosión que hizo volar una barra de hierro enorme (de más de un metro de largo). La barra atravesó de un lado al otro el cráneo de Gage, entrando por su pómulo izquierdo y saliendo por la parte superior y anterior de la cabeza. En ese momento pasaría a convertirse en uno de los pacientes más famosos de la neurología.
Para sorpresa de todos, el hombre no murió en el accidente, sino que pudo seguir viviendo una vida relativamente normal. El accidente había sido bastante grave; sin embargo, Gage ni siquiera se había desmayado y, al llegar al hospital, le contó al médico lo sucedido. Pasó unos meses internado y, al volver a su casa, todos notaron que su personalidad había cambiado por completo: antes era respetuoso, responsable y tranquilo y se volvió alguien más agresivo, maleducado, irrespetuoso, impaciente y ofensivo. Perdió su trabajo en el ferrocarril a causa de las peleas que tenía con sus compañeros de trabajo. Terminó entrando en un circo, en el que se lo mostraba con su herida y el hierro que salía de su cráneo.
Cuando los científicos estudiaron este caso tan famoso, comenzaron a preguntarse sobre la relación que podía existir entre el lóbulo frontal del cerebro (que había sido dañado por el hierro) y los síntomas que había presentado Gage. Varios años después se pudo establecer que la personalidad, el pensamiento, las emociones y la capacidad de socializar e interactuar con otros son todas funciones íntimamente relacionadas con la parte frontal del cerebro. Todos los cambios del comportamiento que se vieron en Gage se consideran hoy en día típicos del daño en esa zona del lóbulo frontal, ya que también fueron observados en otros pacientes con lesiones de esta área.